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El deseo   By: (1857-1928)

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BIBLIOTECA DE «LA NACION»

H. SUDERMANN

EL DESEO

BUENOS AIRES

1909

Imp. y estereotipia de LA NACIÓN. Buenos Aires.

Este libro, cuyo argumento es puro, como una corriente de agua cristalina, será, sin duda, apreciado en todo su valor por los lectores de la Biblioteca de LA NACIÓN.

Sudermann, como todos los escritores de las razas del Norte, es hondamente intenso bajo la aparente sencillez de los temas que desarrolla, que encierran curiosos y emocionantes casos de morbosidades morales.

En El Deseo , una de las mejores obras del novelista germano, la trama gira, principalmente, alrededor de tres personajes, y, en esencia, dentro del alma de una muchacha, de origen humilde, extraordinariamente dotada por la Naturaleza, mental y físicamente, pero a quien profundos desequilibrios nerviosos, le forman una vida de tortura, mezcla de pasión, de cariño, de iracundias y de bondades, predominando siempre una sensibilidad casi enfermiza, casi mística, para los impulsos y actos nobles.

Y, sugerido, provocado, proseguido por esa alma intranquila y sufriente, brota, crece y estalla el drama, lleno de dolor y de piedad.

EL DESEO

I

Un vivo fuego llameaba en el dormitorio del anciano médico.

Estaba él todavía en el lecho, y embargado por el sentimiento de bienestar del hombre que ve terminada la labor de su existencia. Cuando se ha estado, durante medio siglo, sentado doce horas por día en un cabriolé de médico de campo, sacudido y zangoloteado por los guijarros y los mogotes de tierra, bien se le pueden pegar a uno las sábanas alguna vez, sobre todo cuando ha dejado su tarea a salvo en manos de otro más joven.

Alargó y estiró sus miembros cascados y volvió a hundir en las almohadas su rostro gastado y amarillento, salpicado de ásperos vellos blancos, cual un viejo granito por el musgo de Islandia. Pero la costumbre, esa ama imperiosa que, durante tantos años, fuera indispensable o no, lo había sacado de su cama antes del amanecer, no le permitió descansar ni aun entonces.

Suspiró, bostezó, se avergonzó de su pereza y tomó la campanilla puesta a su cabecera, en la mesa de noche.

Su ama de llaves, vieja ruina, tan canosa y destruida como él, apareció en el umbral.

¿Qué hora es, señora Liebetreu? le gritó.

Al venerable reloj de la Floresta Negra que estaba colgado cerca de la cama del doctor, y cuyo despertador estridente había interrumpido más de una vez de un modo desagradable sus sueños de la mañana, no se le había dado cuerda desde el día en que el joven médico adjunto había llegado a Gromowo, «para que yo sepa bien se complacía en decir el doctor que en lo sucesivo mi vida está en reposo.»

Las ocho menos cuarto, señor doctor respondió la anciana, ocupándose en arreglar la tapa de la estufa.

¡Vaya! ¡vaya! exclamó él, enderezándose. ¡Qué perezoso me he vuelto! Y... ¿han llegado cartas?

Sí, varias por correo y una que trajo personalmente el joven señor Hellinger hace dos horas.

¡Pero, si hace dos horas, era todavía de noche!

Sí; me dijo que tenía que ir hasta la granja y que no podía esperar más. Ya anoche, cuando el señor doctor estaba en El Águila Negra , vino y se quedó esperando casi dos horas.

¿Y por qué no me mandó usted llamar? gritó el doctor con el tono gruñón de un anciano bonachón pero bilioso.

¿Acaso no nos lo prohibió él? replicó la ama de llaves, exactamente en el mismo tono, sin que esto pareciera indicar ninguna arrogancia de su parte: era más bien el eco del carácter del anciano. Estuvo sentado en el gabinete de trabajo hasta las diez (o mejor dicho no se sentó) iba de un lado a otro como una fiera, se reía, hablaba solo; yo desconocía a nuestro tranquilo y apacible joven; entonces le llevé cerveza, seis botellas; se las bebió todas, y tuve que beber con él... En fin, tenía algo de trastornado.

¡Eh! ¡eh! murmuró el anciano riéndose por lo bajo. Me parece que allí hay algo de Olga... Continue reading book >>




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