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La cuerda del ahorcado Últimas aventuras de Rocambole: I El Loco de Bedlam   By: (1829-1871)

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First Page:

LA CUERDA

DEL AHORCADO

PARIS TIP. DE GARNIER HERMANOS, 6, RUE DES SAINTS PÈRES

PONSON DU TERRAIL

LA CUERDA

DEL

AHORCADO

ÚLTIMAS AVENTURAS DE ROCAMBOLE

(Nuevo episodio)

TRADUCCION

DE

F. CORONA BUSTAMANTE

I

EL LOCO DE BEDLAM

PARIS

LIBRERÍA DE GARNIER HERMANOS

CALLE DES SAINTS PÈRES, 6

1889

ROCAMBOLE

(NUEVO EPISODIO)

LA CUERDA DEL AHORCADO.

I

Los hundimientos del subterráneo continuaban con mayor violencia.

La bóveda de la galería se desprendía acá y allá en pedazos enormes, que se deshacían al caer y cerraban todas las salidas.

El suelo rugía y temblaba sin interrupción.

Hubiérase creído presenciar uno de esos espantosos terremotos de las tierras volcánicas del Nuevo Mundo, que destruyen ciudades enteras.

Vanda había caído de rodillas, y elevaba sus plegarias al cielo.

Paulina, estrechamente enlazada a Polito, le decía:

¡Al menos moriremos juntos!

Milon bramaba de furor y blandía sus puños enormes repitiendo:

¡Ah! los infames fenians!... ¡Los miserables!

En cuanto a Marmouset, callado y sombrío, contemplaba a su jefe.

Rocambole permanecía de pie, tranquilo y con la frente erguida; y parecía esperar el fin de aquel cataclismo con la serenidad del hombre que no teme la muerte, y que por una especie de fanatismo heroico, no cree deber llegar hasta haber cumplido su misión sobre la tierra.

En fin, la conmoción cesó poco a poco; el ruido fue disminuyendo, y las piedras de la bóveda dejaron de caer.

¡Adelante! dijo entonces Rocambole.

Vanda se levantó lanzando fuego por los ojos.

¡Ah! exclamó, nos hemos salvado.

Todavía no, respondió Rocambole. Pero sigamos adelante.

El subterráneo estaba obstruido por enormes pedazos de piedra, tierra y casquijo, desprendidos de la bóveda y de las paredes de la galería.

Sin embargo, Rocambole, ayudado por William y Milon, todos tres armados de piquetas, abrió paso entre aquellos escombros.

Sus demás compañeros, repuestos ya de su alarma, le seguían de cerca.

Así marcharon una centena de pasos.

Pero al cabo de ellos, Rocambole se detuvo de pronto.

Acababa de llamar su atención un objeto voluminoso que se hallaba a un lado de la galería.

Aquel objeto era un tonel.

Y este tonel estaba lleno de pólvora.

Era fácil convencerse examinando una mecha azufrada que salía de la espita aplicada al agujero del tonel, y que tendría medio pie de largo.

¿Qué hacía allí aquel barril?

¿Quién lo había puesto en aquel sitio?

¿Conocían por ventura los fenians aquel paso subterráneo?

Marmouset se había aproximado también, y así como su jefe, examinaba con asombro aquel barril, y parecía hacerse las mismas preguntas.

Vanda y los demás permanecían a cierta distancia.

Rocambole guardó silencio por algunos instantes y dijo al fin:

Es imposible que los fenians hayan traído aquí este barril.

¿Quién queréis que sea entonces, capitán? preguntó Marmouset.

Rocambole iba y venía alrededor del tonel y lo examinaba detenidamente.

En fin su frente pareció serenarse y la sonrisa volvió a sus labios.

Amigos míos, dijo, en la época en que este barril ha sido trasportado aquí, ni nosotros ni nuestros padres habíamos nacido.

¡Es posible! murmuró Marmouset.

Esta pólvora tiene doscientos años, continuó Rocambole.

¿Creéis?

Ved el tonel, examinadlo. La madera está carcomida y se deshace al tocarla.

Es verdad, dijo Marmouset.

No toques a la mecha, añadió el jefe: está seca hasta un punto que se reduciría a polvo.

Y esa pólvora, dijo Polito, que no había hecho grandes estudios en la materia, no debe ser peligrosa que digamos.

¿Lo crees así?

Y al decir esto, Rocambole miró sonriéndose al pilluelo de París.

¡Toma! exclamó Polito, una pólvora tan vieja debe estar aventada.

Te engañas, hijo mío.

¡Ah!

Es diez veces más violenta que la pólvora nueva.

¡Demonio! Entonces es necesario poner cuidado.

¿En qué?

En no acercar las luces... Continue reading book >>




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